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Lacan Cotidiano 724 (Selección de artículos)

 

Lacan Cotidiano 724

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Lacan Cotidiano Número 309

En este caso de dificultades en el aprendizaje, la lectura que hace la analista es que la niña responde con el saber-goce del síntoma a lo oscuro de la feminidad que ella espía en los tropiezos amorosos de los padres y la depresión de la madre. Lo que deja de fijarse como modo de gozar dirigiendo al analista bajo transferencia ese saber no sabido de lo femenino

Ana Ricaurte

Tacto femenino ¡El inconsciente!

Hélène conoce buena parte de él, analizante por largo tiempo,

analista durante, siempre y aún. Estuvimos atentos a su testimonio de AE1, verdadera travesía de la pesadilla que da a luz al deseo del analista. Depurado, despejado de ideales educativos, curativos, directivo, el deseo del analista es el impulsor de la cura, conducida a partir de este lugar vacío. En su libro, El inconsciente del niño, Hélène Bonnaud ofrece de nuevo testimonio, ya no de su experiencia como analizante, sino de su práctica como analista con niños. Jacques-Alain Miller en la última Jornada del Instituto del Niño, en el pasado mes de marzo, planteaba que el psicoanálisis con niños, entendido como una especialización, no existe. Destacabaque en la fórmula “analizarse con un psicoanalista”, poco importa si se trata de unniño, un adolescente o un adulto. Hélène nos pone al tanto de esta experiencia en su libro, es decir, de cómo los niños se analizan con ella. La seguimos entonces en estos multiples reencuentros con los niños, con los padres – y sobretodo con las madres- en el seno de su institución, un CMPP3. Hélène no establece diferencia entre su consultorio y la institución, en la medida en que es el discurso del analista y su ética  lo que ella instala en ese lugar. Narraciones de casos, consideraciones sobre la cura y uso de los conceptos analíticos se entrecruzan en este libro; y por esta vía Hélène se hace pasador de la experiencia de lo real contenida en el caso. Dotada del saber que le proporcionan los conceptos freudianos y lacanianos se dirige al lector con palabras simples, logrando transmitir al público lo más sucinto del caso singular, sin ceder en el rigor de su formación analítica. Nos regala así algunas de sus perlas clínicas, indicaciones valiosas acerca del manejo del inconsciente con un niño.

La lalengua ¡Los dibujos de los niños! ¿Qué hacer con los dibujos de los niños? ¿Cómo interpretarlos? Estas preguntas, aparentemente insignificantes, se plantean con frecuencia en los carteles o en los seminarios dedicados a la práctica analítica con niños pequeños. Y es que el niño se sirve del rasgo, del juego y de su lalengua, como de otros tantos modos de articularse al Otro. En su libro Hélène responde a esta preocupación clínica de una manera brillante. Ella parte de la idea previa de que el inconsciente es tropiezo, equivocación, tachadura. “Yo lo digo mal” escucha uno a veces, dice ella. Pero eso que se dice mal es lo que faltaría por decir. Desde el punto de vista del inconsciente no hay miles de maneras de decir. Se trata entonces de lo que fracasa, de lo que obstaculiza, de lo que escapa. Eso que incomoda es lo que se manifiesta en el lugar de lo inconsciente. Y continúa: “Los niños dicen la misma cosa cuando hacen un dibujo. No lo sé hacer, no me queda bien, lo hago mal”. Ella precisa que ahí el analista no responde: “no importa, si quieres puedes volverlo a hacer”. Y con un tacto muy propio de ella, Hélène nos ofrece una pequeña lección clínica rica en enseñanza. Adoré este pasaje: “El analista toma el dibujo y pregunta: ¿Qué es lo que no te gusta?”, interesándose por lo que falla. Y tomando el dibujo le explica al niño que un buen dibujo no es aquel donde aparece solo lo que él prefiere, o lo que le gusta, sino justamente aquel donde hay errores o defectos. El analista explica aquí que hay cosas que uno no sabe decir bien con las palabras, y entonces lo decimos con

dibujos. Comentando el dibujo con el niño, busca causar el deseo que se inscribe ahí. Hace años el CEREDA hacia suya una frase de Colette, “¿Cómo llega el saber a las mujeres?”, titulando una de sus Jornadas “¿Cómo llega el sexo a los niños?”. Ahora con este libro tenemos una manera de responder a la pregunta: “¿Cómo llega el inconsciente a los niños?”

Leer un sínthoma

Subrayaré aún un aspecto particular de la práctica con niños que presenta frecuentemente dificultad es para el clínico y que sin embargo no debería ser obstáculo para los principios analíticos. El niño la mayoría de las veces es llevado al practicante porque sus conductas plantean problema al entorno familiar o escolar. Y por lo general lo que incomoda a los padres o a la escuela no coincide con lo que molesta a él. Es por ello que al analista le es requerido “saber leer un sínthoma”. Tomemos el caso ejemplar de Lea. La caída en el rendimiento escolar y “el trastorno de atención” no son para nada el síntoma del cual ella sufre. Cuando la situación familiar se estabiliza y la depresión de la madre se calma, se produce en ella un derrumbe en su rendimiento escolar. Lea no se interesa en el saber escolar y no se preocupa por ello. Hélène se interroga ¿de dónde viene esta inhibición del saber escolar y más particularmente esta dificultad para comprender lo escrito? El analista construye rápidamente la hipótesis de que Lea estaba tomada por algo obscuro en relación con su feminidad y con los lazos amorosos. Lea no puede leer lo que se escribe de la relación entre un hombre y una mujer. Y a falta de poder leer, ella espía, vigila. Tiene a la pareja en el ojo. También ella se hace ver, luciendo demasiado sexy para su edad. Pero aun cuando la pulsión escópica es convocada, esta se queda corta. Sin poder articularse al saber, el cuerpo del niño fetichizado viene a taponar la distancia entre, por una parte el saber escolar, el cual aparece desarticulado del interés del niño, y por otra parte de su pregunta más íntima. La niña se hace aquí respuesta de lo real, proponiendo su cuerpo como forma de responder a su pregunta sobre lo sexual. El analista localiza esta posición de la niña y la interpreta en el momento de un sueño. Sin embargo, Hélène aclara que su objetivo no es reeducar al niño, sino acoger el saber propio de éste. Lea tiene un saber acerca de cómo hacer con un hombre, un saber sobre lo que es ser una mujer y ella quiere mostrárselo a su madre. Este caso ilustra muy bien lo que J.-A. Miller proponía como saber-goce en el argumento de la 2da Jornada del Instituto del Niño. Lea tiene un saber que se desencadena por la vía de un acontecimiento del cuerpo. Las lágrimas de la madre han hecho resonar en el cuerpo de la niña, provocando un circuito de repeticiones, un ciclo de saber –goce que corría el riesgo de estabilizarse  definitivamente si el analista no se hubiese convertido en el destinatario del síntoma. Lo cual da oportunidad, como subraya J.-A. Miller, de intervenir antes de que este ciclo se estabilice definitivamente por los efectos retroactivos de este resonar sobre el cuerpo. En este caso la transferencia es el lugar donde se pone en acto ese saber no sabido sobre la feminidad y el único impulsor que permite aflojar esta identificación precoz a la mujercita que le falta al Otro. El analista formado por su propia experiencia de análisis, sabe evidentemente algo de estos ciclos de saber goce, de esta repetición infernal que, gracias al acto del analista, tiene la posibilidad de ser burlada. Podría contarles todas las perlas. No lo haré y dejaré al lector el placer de leer este libro que tanto enseña acerca de la manera en que los niños practican el psicoanálisis con un analista. En relación con esto, Hélène demuestra que la formación del analista pasa de entrada, por la propia experiencia de análisis y también por el control de su práctica como analista. Sin estos dos pilares (el tercero es la formación clínica), análisis personal y control ¿cómo podríamos tener la aprehensión del inconsciente como equivocación y la del síntoma como algo a ser leído?

 

Patricia Bosquin-Caroz

 

Notas:

1

Analistas de la Escuela: psicoanalistas que al término del procedimiento llamado el «pase», son juzgados susceptibles por

el comité responsable en cada Escuela de la AMP, de testimoniar acerca de problemas cruciales del psicoanálisis.

2

Bonnaud H., L’inconscientde l’enfant-Du symptôme au désir de savoir,Navarin & Le Champ freudien, 2013,disponible

en ecf-echoppe.com.

3

Centre Médico Psycho Pédagogique.

4

Centre d’Étude et de Recherche sur l’Enfant dans le Discours Analytique.

5

Fue J.-A. Miller quien propuso esta fórmula, cf. Mental, n° 28.

6

J.-A. Miller, «L’enfant et le savoir”, Peurs d’enfants, col. Petite Girafe, Navarin éditeur, Paris, 2011, p. 19.

Lacan Cotidiano 715

Número 715

El amo de mañana, desde hoy comanda Jacques Lacan
Miércoles 7 jiion 2017 – 15 h 17 [GMT + 2] – lacanquotidien.frfr www.lacanquotidien.fr 

SUMARIO

El sentido del fin o lo real de la vida por Phillippe La Sagna
Cuando el psicoanálisis asusta a los psicoanalistas por Isabelle Durand
CONTROVERSIA SOBRE EL TROSKISMO
Perturbaciones  de todo tipo, ¡heretísese! Por Pascale Fari
Respuesta Pascale Fari Jacques-Alain Miller

Lacan Cotidiano – n° 711

El amo de mañana, desde hoy comanda Jacques Lacan
n° 711 – Jueves 1º junio 2017

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Antisemitismo ordinario 
por Agnès Aflalo

En antisemitismo extraordinario es bien conocido. Ha producido la Shoah. Pero el antisemitismo ordinario pasa seguido inapercibido. El primero haciendo creer en una frontera hermética entre los partidos de extrema derecha y la democracia. Pero el segundo demuestra que esa frontera no existe. En efecto, desde que la lengua se hace complice de la desdiabolización del fascismo, fracasa en la orilla de un odio común, antisemita, entre otros. El antisemitismo banalizado se invita por todos lados, impacta a laicos y creyentes, intelectuales de derecha y de izquierda. Y la Escuela de Lacan no escapa a ello. Avancemos la idea según la cual la estructura del sujeto del inconsciente puede dar cuenta de estos fenómenos.

El odio de lo que no tiene nombre

El conflicto israelí-palestino durante mucho tiempo ha alimentado un antisemitismo latente. Ha devenido patente en Francia, hace diez años con el asesinato de Ilan Halimi. Desde entonces, los actos antisemitas se multiplican. Y los discursos xenofóbicos desfilan abiertamente en las calles de provincia y de la capital. La relativa indiferencia de los intelectuales sorprende. Muy pocos hablan y de ellos, muchos son inaudibles. Podemos preguntarnos  por qué. Avancemos la idea de que los intelectuales están, como cada uno, atravesados por un odio desconocido de ellos mismos. Si aceptamos la idea de que el antisemitismo es uno de los nombres del odio a sí mismo inconsciente, constatamos entonces que ese sentimiento no excluye a nadie. Judío o no, cada uno está concernido. Ya que el odio a sí mismo, más o menos intenso según los momentos, desgarra a cada uno.

En efecto, el odio apunta al corazón de nuestro ser, que no tiene nombre. Ese innombrable es como el dios de Israel, imposible a pronunciar. Lo imposible no viene solamente del hecho de que la palabra que lo designa o la imagen que lo represente falte. Se debe sobre todo al hecho que  Dios es innombrable. Esa es una fuente no despreciable del antisemitismo. El odio no cesa de querer escribir el nombre de lo innombrable con las letras de la palabra judío. Sin embargo, las letras que bordean el corazón del ser – Kern unseres Wesen, dice Freud – no escriben ninguna palabra. Hacen solamente litoral en el flujo del discurso común y corriente. Pero, sucede que a veces ese discurso concentre el antisemitismo ordinario a tal punto de hacerlo desbordar. Entonces, durante un tiempo, que puede inflamar al mundo, la palabra judío nombra el nudo innombrable del ser y la tendencia a aniquilar triunfa. Después, lo innombrable retoma sus derechos en la estructura. El racismo y el antisemitismo vuelven a ser entonces ordinarios. Por esa razón, según el tiempo cronológico y el espacio geográfico, la palabra judío hace serie con la de otros heréticos como hugonotes, cátaros, moros, sarraceno y otros musulmanes, etc.

Hacer un lugar a ese innombrable, es también hacer un lugar a la imposibilidad de decir los pecados divinos y demoniacos que habitan a cada uno. Pero rechazar ese innombrable, es ipso facto transformarlo en odio a sí mismo y echarlo hacia los otros. Se vuelve entonces odio del otro y de sus diferencias: la diferencia sexual, pero también el modo de vida, el idioma, el color de la piel, el día en el que se reza al señor, el medio social, etc. Por oposición, la “verdadera” religión, la católica tiende a transformar este odio en amor al prójimo. Otro escollo mayor. La aversión de la sumisión a eso que no tiene nombre varia con cada monoteísmo. Los judíos no escapan entonces al antisemitismo. El odio de eso que no tiene nombre habita a todos los racismos en general y al antisemitismo en particular.

Incautos del inconsciente 

Podemos destacar tres formas de antisemitismo ordinario suficientemente bien distribuidos  entre los que detentan el monoteísmo, y más allá. Hay de entrada el odio a Israel que puede también tomar la máscara de la indiferencia. Aquí, el judío odiado es el que no conocería más el exilio. Como si la geografía pudiera abolir el espacio inconsciente donde reside el exilio de si mismo. Ese pretexto autoriza a decirse antisionista y relegar a segundo plano un antisemitismo involuntario o inadmitido. Rechaza también la Shoah que precede la creación del Estado Hebreo.

Agreguemos otras dos formas de antisemitismo ordinario. Una niega al judío como diferente y acentúa más el “todo el mundo es igual” judíos y no judíos. Esos discursos con intenciones igualitarias apuntan a hacer desaparecer las diferencias de cada uno. Es el régimen de “todos iguales sin excepción”. Exit la satisfacción propia de cada uno. Exit la satisfacción del jefe que dirige el conjunto “de iguales”. Este discurso es más frecuente en la izquierda. Más el rechazo a lo innombrable deviene consistente, más el odio de sí mismo se petrifica y más la izquierda gira a la extrema. Lo podemos constatar en Francia y más allá.

La otra forma de antisemitismo, más frecuente en la derecha, acentúa la diferencia a tal punto de hacer de la relación al amo divino el rasgo de excepción el más valioso. Esta manera de imponer la diferencia es compatible con “todos iguales menos uno” . Se trata de cultivar el régimen de excepción que acentúa la idea del ser “el único a…” y que rechaza todos los otros diferentes. Exit el idioma del Otro, de los otros. Más el elegido se afirma y más el chivo expiatorio se acerca.

Los partidos de extrema derecha son racistas y antisemitas. Pero sin importar su forma, el antisemitismo está fundado sobre la idea de que el judío sabría hacer con el dinero tan bien que no sufriría del desgarro del inconsciente. Pero sería olvidar que Marx hace del dinero el fetichismo universal. Es decir que, no importa cual es el uso particular que se haga, el dinero rechaza la singularidad de la satisfacción innombrable del sujeto. Es entonces vano creer que eso es el remedio del exilio interior. La ética no se compra. Pero es también olvidar que, desde Lacan, el discurso capitalista es también el discurso del inconsciente. Cada uno es entonces responsable.

Eso que rechaza el antisemitismo, es la idea de que lo innombrable nos hace diferentes a nosotros mismos. Ya que la diferencia que importa no es la de uno con todos. Es sobre todo consigo mismo. El odio a sí mismo y el odio al otro son el derecho y el revés de la misma moneda que acecha la división del sujeto del inconsciente. Ella encierra sin que lo queramos nuestra propia maldad jamás controlada. La posición de la bella alma y su rechazo al Otro, de la hipótesis del inconsciente, es entonces un impasse asegurado. En efecto, si las guerras son siempre guerras de religión, es que la religión y la neurosis no cesan de querer escribir la creencia a lo innombrable que nos habita con las letras de fuego de la lógica totalitaria. El universal proselitista hace consistir la excepción que no lo es.

La última palabra regresa siempre a lo inconsciente. Exilia al sujeto fuera de él mismo. Ignora el tiempo del reloj y su espacio elástico hace cercano, de pronto, eso que creíamos tan lejano. Entre el flujo de la lengua y la roca de lo innombrable ninguna frontera puede sostenerse. La extimidad, esclarecida por Jacques Alain Miller, lo muestra: la única línea de demarcación que separa al sujeto con el enemigo intimo está hecha de letras inconscientes a desactivar, a condición de hacerse incauto del inconsciente. Es por lo que, no tenemos otro opción que la de soportar la lógica totalitaria del síntoma inconsciente o afrontar la singularidad de un goce ignorado y sin nombre. En la Escuela de Lacan, donde Dios es inconsciente, esto puede ser una oportunidad de hacerse heretic de ella buena manera.

Traducido por Cinthya Estrada.