Archivo de la categoría: Textos

SABER // PODER*. El psicoanálisis aplicado en las instituciones y en la política

Por Antonio Aguirre Fuentes

Tomado de: La Conversación

París Mayo de 1968 fue un acontecimiento a nivel mundial. Se erigió como una leyenda revolucionaria en la que muchos encontraron una orientación. Jacques Lacan, parisino también, hizo su propia interpretación de la revuelta. Una interpretación freudiana.

El punto de la crisis estaba en la desgarradura manifiesta entre el saber y el poder. Por eso el escenario de la lucha empezó en las universidades. El matema lacaniano de este desgarro se escribe así: SABER // PODER. El saber clásico de la filosofía, incluso el del hegelianismo marxista, soñaba la juntura de esos dos campos en una armonía musical. ¿No era eso la promesa comunista? Una sociedad organizada como una sinfonía.

En los seminarios 16 y 17 se puede leer el drama y la pasión,casi desesperada, con la cual Lacan se dirigía a los jóvenes rebeldes. Estos habían errado. Su objetivo político era un error. Los revolucionarios atacaron el poder liberal francés ignorando el fracaso patente de los socialismos en curso. No era simplemente dar vuelta a “la chaqueta del poder” para obtener la sinfonía comunista.

El poder se revelaba, más temprano que tarde, como un camino a la impotencia. Gobernar, igual que educar y curar eran los imposibles asumidos por Freud. Después del poder omnímodo de Stalin, represivo y empobrecedor, la URSS se trasmutó en el reino de la burocracia. Lacan dijo que allí lo que dominaba era el discurso de la universidad. Sus palabras fueron oídas, pese a las interrupciones y protestas, por una asamblea de jóvenes revolucionarios en Vincennes.

Mientras tanto en la China Roja, a partir de 1966, transcurría la Gran Revolución Cultural Proletaria. Los Guardias Rojos de Mao, los Cuatro de la emperatriz roja Chiang Ching, la agitación y las luchas en las universidades… Un nuevo fervor para muchos estudiantes de mi tiempo. La intuición de Mao fue diferente. Quería cambiar la cultura china, considerada un depósito de rezagos activos burgueses. Mao y sus Cuatro, apuntaban al saber, pero con los medios del poder miliciano, armado con el Libro Rojo. Lacan leyó este manual de sabiduría total. Lo comentó con un respetuoso desdén. Jacques Alain Miller, esposo de la hija de Lacan, era un maoista convencido. Luego el análisis llevó a Miller a una reconversión: pasó del discurso del amo socialista al discurso del analista.

A donde hubiera debido apuntar la subversión, a criterio de Lacan, era al saber, cuando éste alcanza su punto de impotencia, para que no salte a la acción callejera, siempre fracasada. La impotencia del saber es un velo que oculta la imposibilidad de estructura. Para empezar, no hay sinfonía entre los hombres y las mujeres. Eso los conduce, ignorantes, a los esfuerzos de hallar un saber que resuelva el malestar de la cultura del que habló Freud en 1930.

Un aporte fundamental de Lacan, en el plano de la política, se lo halla en sus matemas del discurso.

Hay cuatro discursos. El del amo, el de la histeria, el de la universidad y, el que llegó más tarde para agujerear todo poder, el discurso del psicoanalista.

Este último discurso era el que podía dar “un viraje esencial” al poner el resto -producido por todo intento de fusión del S1 del poder con el S2 del saber- en el lugar del agente. Este resto, llamado por Lacan “pequeño objeto a”, encausa al sujeto a producir los significantes de su inconsciente, desprendidos de todo sentido, separados de cualquier saber universal, de cualquier saber universitario.

Si el capitalismo seguía su marcha, tanto en Occidente como en los países del capitalismo de estado, para romper ese circuito capitalismo-revolución-capitalismo’ hacía falta seguir otro camino, un camino que se podría llamar, históricamente, recién llegado: el psicoanálisis. Se trata de que el sujeto pueda encontrar que el inconsciente es también un saber-hacer, un goce que está en las palabras mismas, cifrado.

Nunca dejó Lacan de insistir que la interpretación es un juego de palabras, que opera por el equívoco en tanto éste es la ley del inconsciente. Si los enunciados de la queja histérica o de la obsesiva llegan a la barrera donde se separan el saber y el poder, es mediante la enunciación en acto que esa barrera represiva se agujerea y pierde su función. Con la interpretación analítica pasamos de una lógica estricta del todo y la excepción -con enunciados restringidos y afectados por el límite de lo indecidible godelliano- a una lógica del no-todo, lógica de lo inconsistente, de lo femenino. De esto Lacan habló en su seminario 20. Es otro modo de entender el “witz” freudiano, extensamente estudiado en el libro El Chiste y su relación con el inconsciente.

Habría otros modos de agujerear la separación SABER//GOCE. Es la función del arte, cuando no simboliza los enunciados de la publicidad o de la propaganda,cuando no es el “artivismo” que elogia Chantal Mouffe, ni se enmarca en el saber universitario. Es la poesía o la literatura de Joyce, del cual decía Lacan que gozaba en la escritura de su Finnegans Wake. Es el Zen, cuando es la espada o cuando es el pincel. Es la carta de amor, destacada recientemente por la analista Jessica Jara en una exposición en Guayaquil. Es la dramaturgia -como la puesta en escena de Delia Pin en La Canoerapara mostrar el cocodrilo que se come todo-.

La predicción de Lacan se cumplió. El discurso universitario, intocado, prosperó mundialmente. Casi se tragó al psicoanálisis con sus posgrados. Slavoj Zizek, comentando los estudios de Foucault sobre el gobierno y las poblaciones, hace equivaler el discurso universitario con el biopoder, con el control que hace vivir a las poblaciones con ciertas clasificaciones y permisos, marginando a los inclasificados e inclasificables.

Hoy el estatismo se proyecta como una aplicación, en el nivel más alto, del saber universitario. Los ministerios y los consejos nacionales pretenden recoger informaciones de todo tipo. La recogen, la clasifican, la distribuyen y luego vuelven a empezar. Es un mundo de informes y evaluaciones perpetuas, que vienen y van una y otra vez. Interminables, agotan a los ciudadanos que realmente afrontan el real de la vida.

El ejército de evaluadores, burócratas titulados por la llamada “academia”, no ven ni escuchan a nadie en el terreno, informan sobre informes, producen saber con el material que exprimen a los trabajadores de todos los oficios estatales. Esta es la plusvalía siniestra de los capitalistas de estado: el saber. El descontento de los sujetos no tiene voz propia porque ellos no ven otro horizonte que “ascender” como evaluadores.

Detrás de los vaivenes de los grupos en el poder está una constatación: la impotencia del saber universitario. Los jóvenes estudiantes la sienten. Por eso creen en las llamadas “prácticas” para poner en juego sus saberes acumulados, obteniendo una aproximación más realista de los efectos insuficientes de esos saberes. Lamentablemente la ineficacia operativa del saber universitario se pretende remediar con los posgrados, es decir con más saber, adquirido para cumplir requisitos del estado burocrático. Dice el dicho: cuando se pierde el objetivo se incrementan los esfuerzos.

Los psicólogos clínicos lacanianos introducen una práctica psicoanalítica en las instituciones del estado. Ellos lo hacen en tanto están pasando o han pasado por la experiencia personal del análisis. Es decir que se han analizado con algún psicoanalista. Tienen que ocuparse de las exigencias administrativas llenando informes y cumpliendo protocolos. Repetidamente. La atención a los “usuarios” -denominación casi ridícula introducida por los tecnócratas que nunca atienden a un paciente- queda disminuida y socavada por la obsesión tecno-burocrática que demanda la incesante producción de informes. Sería otro tema preguntarse para qué sirven todas estas matrices, protocolos y estadísticas. La separación del saber y el poder no se llena con más saber.

La cuadrícula hecha de matrices, protocolos, talleres de capacitación e informes materializa una lógica cerrada, concluyente, de un formalismo que llena con enunciados los casilleros predispuestos en la cuadrícula. Es la felicidad de un día para las jerarquías de los distintos niveles. Porque el fracaso y la impotencia reaparecen, por tanto hay que pedir más informes. Parecería trágico, pero es simplemente patético. De allí que los practicantes del psicoanálisis perseveren en hacer valer otra lógica, una lógica que opere con el agujero constitutivo del inconsciente, con un no-todo, con lo que los lógicos Florencio González Asenjo y Newton da Costa describen como predicados antinómicos.

Si nos trasladamos al campo de la política y de lo político -términos usados por Chantal Mouffe- vemos aparecer una explicación comodín, el “neoliberalismo”. Los gobiernos estatistas programan y ejecutan medidas para ponerle límites autoritarios. Hacen y deshacen “pueblos” , que se inventan según la conveniencia táctica. Como dichas tácticas no cierran la brecha entre “nosotros” y “ellos”, Chantal Mouffe, académica laclausiana, visualiza una lucha sin fin, con la esperanza de que los antagonismos se muten en una agonística. No se sabe cómo ella insiste en llamarse “progresista”. ¿Progreso?, ¿hacia qué fin?

Jacques Alain Miller, psicoanalista de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y proponente de Zero Abjection Democratic International Group- ZADIG -sostiene que lo democrático incluye las minorías. Eso sería entender que la minoría no encarna un “ellos”, sino que hace parte de un “nosotros”.

Por tanto a lo democrático -que los estatistas quieren transformar en “democracia radical” para sus maniobras plebiscitarias productoras de mayorías favorables- se lo pueda llamar “liberal” por validar a las minorías y sus derechos particulares. Pero lo radicalmente democrático es introducir el no-todo de lo femenino y sus lógicas inconsistentes. Este es el mensaje de los psicoanalistas, sin partido, al convulso mundo de la política y sus instituciones.

*Un avance de estas cuestiones fue expuesto en el II Congreso de Psicología Ecuatoriana, en Guayaquil 2018.
Anuncios

La transferencia de trabajo

Por: Mónica Febres-Cordero

Me voy a detener en el paso del trabajo en transferencia a la transferencia de trabajo. En el primer caso hay una apuesta por la experiencia del propio análisis y un consentimiento a ella. En el segundo caso, se habría dado un desplazamiento (no necesariamente en el tiempo cronológico) de ese consentimiento hacia el grupo de analistas, los pares, frente a quienes y con quienes el saber adquiere otras dimensiones. En ambos casos, se pone en juego una cierta confianza que va de la mano con el consentimiento.

Pensando en el tema, recordé un fragmento de A. di Ciaccia en el que se refiere a la Antenne 110, institución que él fundó. El fragmento narra un encuentro con Lacan en el cual Lacan supo convocar un deseo de otro orden porque “concierne al ser del sujeto”. Di Ciaccia estaba acomodado en una indecisión, respuesta que persistía frente al Otro materno. La intervención de Lacan en ese punto fue: “…hace falta escoger, querido mío”. El deseo de Lacan, concluye di Ciaccia no recaía sobre lo que él hacía o dejaba de hacer…era una operación que concernía al ser. (1)

En el caso de nuestras sedes y delegaciones,  y de nuestra Escuela, ¿se trata en cada decisión pendiente de un  acto de  escoger  confiar y  trabajar con otros y para el Otro Escuela? ¿Ir más allá de los goces singulares, excluyentes incluso en el goce de la exclusión, que obstaculizan el entusiasmo? Ruta que debe sin duda pasar por la experiencia de cada uno para tomar el riesgo de la asociación y   poner a prueba la oferta de trabajo que enmarca desde lo simbólico la vida institucional.

Consentimiento y confianza entonces. Y quiero añadir otro factor: el disfrute de la tarea compartida, de los hallazgos, de los tropiezos que se acogerían con respeto. Está lo simbólico que he mencionado; sin embargo, recuerda Miller, los estatutos nada pueden sin affectio societatis. Dice que Lacan invitaba a los analistas de su Escuela a ser buenos compañeros. ¿Es humor (una broma)? se pregunta Miller. Responde: “cada uno elige”. ¿Podemos deducir que la elección por la Escuela pasa por el otro y que la tarea funciona como agalma? (2)

En otra referencia, en El Banquete de los analistas, Miller previene de hacerse el distraído. Entiendo: estar ahí cuando se puede decir algo y transmitirlo, no distraerse.  En el momento de la NEL, pasar de uno a otro, teniendo como horizonte el pase, tal cual lo ha elaborado Laura Arciniegas. Sin distraerse. Sitúo hay la transferencia de trabajo.

Lacan nombra a la transferencia de trabajo en el Acto de fundación. Aparece en el punto sobre la Escuela como experiencia inagural y en el que especifica la labor de cada uno (itálicas mías) de descubrir sus promesas y escollos, y establece: “La enseñanza del psicoanálisis solo puede transmitirse de un sujeto a otro por las vías de una transferencia de trabajo” (Otros escritos, pg. 254). Más aún advierte que los seminarios (en ese entonces los cursos de Hautes Études), no fundarán nada si no remiten a esa transferencia. La transmisión se basa en la relación de un sujeto con otro. Concierne al lazo de uno con otro y se sostiene a mi juicio con el affecto societatis. (3)

Cuando Bassols  asume la presidencia de la AMP dice que la transferencia de trabajo fue evocada en la fundación de la Escuela Una. Se la consideró una experiencia subjetiva para la Escuela, necesaria para  superar las particularidades locales. Lo Uno y lo Múltiple tal como aparecen en el discurso de Bassols ponen en relación la Escuela Una y las varias Escuelas de la AMP.  Reflexión que puede orientar  la problemática dentro de la NEL. Sin soslayar lo real inherente al grupo analítico, se trataría del consentimiento a un Uno que se hace presente en cada versión de lo múltiple –las sedes y delegaciones- y desde ahí regresa con sus planteamientos propios a la NEL Regional.

 

(1) Di Ciaccia, “De la fondation par Un à la pratique à plusieurs”

(2) en es-es. Facebook.com

(3) Lacan, J., Otros escritos

El duelo como desencadenante de una crisis

El duelo como desencadenante de una crisis

Por: Myriam Chang

Myriam Chang. Psicóloga Clínica, Psicoanalista AP miembro de la Elp-Catalunya y de la AMP.
Colaborador Docente del Instituto del Campo Freudiano en Barcelona

 

Trauer, mourning, duelo, son los términos que en alemán, inglés y castellano pueden significar al mismo tiempo el afecto penoso como su manifestación exterior.

El novelista inglés Julian Barnes diferencia por su parte, la aflicción como sentimiento, del duelo como proceso. Metafóricamente la primera es vertical (vertiginosa, incluso profundamente abisal) mientras el segundo es horizontal y corresponde a su elaboración en el transcurrir del tiempo. La aflicción toca el cuerpo, nos dice, trastorna el estómago, quita la respiración, corta el suministro de sangre al cerebro; el duelo por su parte proyecta hacia una nueva dirección. “La aflicción es un estado humano, no médico, y aunque haya píldoras que nos ayuden a olvidarla, no hay pastillas que la curen. Los afligidos no están deprimidos, sino sólo debida, adecuada, matemáticamente tristes”1.

Es en consonancia con el avance de la Primera Gran Guerra que Freud en diciembre de 1914, por primera vez expuso el tema del duelo y la melancolía, en la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Entre febrero y mayo de 1915 redactó el texto que conocemos y que salió a publicación dos años más tarde. Sin que el autor dejase de advertir no sobrevalorar sus conclusiones, en tanto lo consideraba inacabado.

La muerte de un ser querido vivida durante la infancia es un primer despertar a la realidad del adulto. Freud indica que aunque olvidadas a lo largo del tiempo, las volvemos a encontrar en las neurosis posteriores.

El duelo es, para Freud, “la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.”. Y, nos hace notar, que a pesar de que este proceso trae consigo graves desviaciones de la conducta normal en la vida, no se lo puede considerar un estado patológico que requiera un tratamiento médico. “Confiamos, dice, en que pasado cierto tiempo se lo superará, y juzgamos inoportuno y aún dañino perturbarlo”2.

Freud lo define en términos de un proceso de desasimiento libidinal con respecto al objeto del duelo, en ciertas relaciones de identificación por las que el objeto adquiere su alcance y consiguiendo, o no (como en las psicosis melancólica), que sus manifestaciones se agrupen y reorganicen.

Y si Duelo y Melancolía es el texto princeps sobre este tema en Freud, el correspondiente en Lacan, lo encontramos en sus Siete clases sobre Hamlet, desarrolladas en el seminario VI, El deseo y su interpretación.

Esa identificación en el duelo que Freud intentó definir en términos de incorporación del objeto, Lacan la rearticula en los términos del aparato simbólico, con que reorganiza el psicoanálisis al introducir sus tres registros: simbólico, imaginario y real.

Así, para Lacan “el duelo, que es una pérdida verdadera, intolerable para el ser humano, le provoca un agujero en lo real (…) La dimensión intolerable, en sentido estricto, que se presenta a la experiencia humana no es la experiencia de nuestra propia muerte, que nadie tiene, sino la de la muerte de otro, cuando es para nosotros un ser esencial.”3

Una pérdida que Lacan en este seminario no duda en relacionar con la Verwerfung, un agujero, pero en lo real, que resulta mostrar el lugar donde se proyecta precisamente el significante faltante: el falo. Significante esencial en la estructura del Otro que, nos dice, encuentra aquí su lugar y, al mismo tiempo no puede encontrarlo puesto que no puede articularse en el nivel del Otro. “Por ese hecho, y al igual que en la psicosis, en su lugar vienen a pulular todas las imágenes que conciernen a los fenómenos del duelo.” Y por eso el duelo está emparentado con la psicosis: el velo cae y en su lugar aparece un goce no mitigado por el falo. Y los ritos funerarios constituirían un modo de reparación.

Cuando un ser querido muere, dice Barnes, lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. Lacan lo corrobora en sus propios términos: el objeto resulta entonces tener una existencia tanto más absoluta cuanto que ya no corresponde a nada que exista, de ahí que el sujeto se abisma en el vértigo del dolor.

Afrontamos mal la muerte, no la integramos como posibilidad, la aflicción es inimaginable de suerte que nunca nos encontramos preparados para esa nueva realidad en la que nos sumerge. Como decía Simone de Beauvoir: “No hay muerte natural… es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida.”

La aflicción rompe las pautas anteriores, clasifica y reordena a quienes rodean al afligido, que pone a prueba a los amigos. Las viejas amistades pueden estrecharse unidos por una misma tristeza; o bien parecer de pronto superficiales, esconder bajo una capa de indiferencia su propia imposibilidad de afrontarla. Algunos rehúyen el tema como si temiesen contagiarse. Los jóvenes quizás reaccionen mejor que las personas mayores; las mujeres, tal vez mejor que los hombres.

Entre los afligidos está la reacción del enfado. Y dado que usualmente no saben lo que quieren o necesitan, sólo saben lo que no, y es frecuente que ofendan y se ofendan. Se enfadan con la persona fallecida, que les ha abandonado, que les ha traicionado por perder la vida. Otros se enfadan con Dios o bien con el universo por permitir que haya sucedido, por haber sido inevitable, irreversible. La muerte como lo hace notar Barnes saca al negociador en nosotros, prometemos todo tipo de cambios y propósitos, a condición de que la muerte pase por nuestro lado sin tocarnos.

Y continúa: “El duelo reconfigura el tiempo, su duración, su textura, su función: un día no significa más que el siguiente. También reconfigura el espacio. Has entrado en una nueva geografía, con mapas trazados por una nueva cartografía. Parece que te están orientando con uno de aquellos mapas del siglo XVII donde aparecían el Desierto de la Pérdida, el Lago de la Indiferencia (sin un soplo de viento), el Río de la Desolación (seco), la Ciénaga de la Autocompasión y las (subterráneas) Cavernas del Recuerdo. En este nuevo país recién descubierto no hay más jerarquía que la del sentimiento, la del dolor.”4

De esta pérdida que introduce el duelo, la más terrible para el ser humano, en palabras de Freud, es la muerte del padre. Aunque, o precisamente por ello, en los sueños la muerte del progenitor está ya presente desde edades muy tempranas. Freud se atreve incluso, con la medida del Edipo, a realizar un reparto sexual aclarando que no lo establece como una regla, sino una constatación en su clínica: en el sueño, la muerte recae sobre el progenitor del mismo sexo. El varón sueña con la muerte del padre y la niña con la de la madre.

En un manuscrito, dirigido a Fliess y titulado Anotaciones III, fechado el 31 de mayo de 1897, en el que aparece prefigurado por primera vez el complejo de Edipo, Freud señala que “los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de que mueran) son, de igual modo, un elemento integrante de la neurosis. Afloran conscientemente como representación obsesiva.”

¿Qué podría considerarse un éxito en el proceso del duelo? ¿Recordar, olvidar, continuar? El sujeto de la pérdida puede continuar imaginarizando el objeto de su duelo, mantenerse en conversación con éste, contarle lo que le ha ocurrido, pero llegará un momento en que las lágrimas desaparezcan, que antiguas o renovadas pautas se restablezcan. Tal vez, cuando uno puede volver a concentrarse, dice Barnes, y volver a leer un libro, o cuando uno logra desprenderse de las posesiones del muerto. O bien, cuando se puede atravesar los lugares que la muerte significó con una nota de terror.

Por su parte, los escritores, como luego nos dice, están en el oficio de crear pautas con palabras. Creen, esperan, confían en que con ellas logran constituir ideas e historias. Y eso, aclara, los salva, estén o no de luto. Niveles de vida es su historia tras la muerte de su esposa. Para Shakespeare, es Hamlet, que escribe tras la muerte de su padre y la posterior muerte de su hijo.

Para Freud, es La interpretación de los sueños, lo designa así en el prólogo a su segunda edición: “Para mí, este libro tiene, en efecto, una segunda importancia subjetiva que sólo alcancé a comprender cuando lo hube concluido, al comprobar que era una parte de mi propio análisis, que representaba mi reacción frente a la muerte de mi padre, es decir, frente al más significativo suceso, a la más tajante pérdida en la vida de un hombre. Al reconocerlo me sentí incapaz de borrar las huellas de tal influjo.”5

Y otros autores. Milena Busquets, quien tras la muerte de su madre y bajo el influjo de un sólo impulso, transforma en una sola noche, sus recuerdos autobiográficos en clave de novela. Blanca, una mujer de 40 años, inicia su luto tras el entierro de su madre, mientras veranea en Cadaqués, el escenario de los veranos de su niñez. Bajo el modo del diálogo con los que la rodean, y el diálogo con la difunta, recuerda su infancia, su relación con su madre, marcada por ese estrago que nunca falta en esta relación y su necesidad de conseguir su respeto, mientras se configura en su feminidad. También su relación con los hombres, marcada a su vez por la presencia y las palabras de su madre cuando ésta le decía: “Pequeñaja, lo normal a tu edad es estar enamorada”, mientras Blanca recuerda que durante mucho tiempo, la única historia de amor que le preocupaba era su historia de amor con su propia madre. Y por otro lado, sus relaciones de amistad.

En el espacio temporal y climático del verano, casi como en una burbuja temporal, se entrega a la disipación de la bebida y sus resacas, las drogas y sus efectos de desagravio, agarrándose a algún hombre para soportar el peso de la ausente. “Lo contrario de la muerte no es la vida, es el sexo”. Pero, finalmente, resulta no ser sólo sexo: “Todo el amor de mis amigos y de mis hijos no es suficiente para resistir la embestida de tu ausencia, necesito estar bien agarrada a un tío para no salir volando por los aires. Dicen que la mayoría de las mujeres buscan a su padre a través de los hombres, yo te busco a tí, lo hacía incluso cuando estabas viva.”6

El desgarro del duelo encuentra un comienzo de final cuando recuerda las palabras de su madre, a la muerte de su padre, a sus 17 años. La madre le cuenta un cuento chino sobre un poderoso emperador que convocó a los sabios y les pidió una frase que sirviese para todas las situaciones imaginables. Tras meses de deliberación los sabios volvieron con una propuesta: “También esto pasará”. A lo que la madre habría añadido: “El dolor y la pena pasarán, como pasan la euforia y la felicidad”.

El escritor bilbaíno, Fernando Marías, tiene también su propia historia. Ya durante los últimos días de su padre, mientras la demencia hacia mella en él, el autor concibió la idea de un libro en el cual plasmar su relación con éste. Con un estilo más autobiográfico, pero habría que decir, no con menos ficción, aborda el tema a través de lo que él concibe como el miedo mutuo, que marcó dicha relación. Desde el momento en que “lo conoce” o más bien, “lo desconoce” al preguntar, ¿quién es ese hombre? Pues el oficio de marinero mercante mantenía a su padre fuera de su hogar por largas temporadas, al punto que al reaparecer a sus 4 años, irrumpe en su paraíso de único varón al cuidado de su madre y abuela.

Myriam Chang. Miembro ELp y AMP. Cataluña. (Este trabajo ha sido realizado en el marco de la Comisión Bibliográfica)

Notas

  1. Barnes, J., Niveles de vida, Editorial Anagrama, S. A., Barcelona, 2014, p. 88.
  2. Freud, S. Duelo y melancolía, O. C., Ed. Amorrortu, Bs. As., 1992, V. XIV, p. 241.
  3. Lacan, J., Seminario VI, El deseo y su interpretación, Ed. Paidós, Argentina, 2014, p. 371.
  4. Barnes, J. op. cit., p. 103.4.
  5. Freud, S. La interpretación de los sueños, Prólogo segunda edición. Berchtesgaden, verano de 1908.
  6. Busquets, M., También esto pasará, Ed. Anagrama, Barcelona, 2015, p. 96.

Bibliografía

– Julian Barnes, Niveles de vida, Editorial Anagrama, S. A., Barcelona, 2014.

– Milena Busquets, También esto pasará, Ed. Anagrama, Barcelona, 2015.

– Sigmund Freud, Duelo y melancolía, O. C., Ed. Amorrortu, Bs. As., 1992, V. XIV.

– Amanda Goya, El espectro de la muerte sobre el sujeto, Revista Virtualia Nº 14, Enero/Febrero, 2006.

– Jacques Lacan, Seminario VI, El deseo y su interpretación, Ed. Paidós, Argentina, 2014.

– Fernando Marías, La isla del padre, Seix Barral, España, 2015.

8 Octubre, 2015 Myriam Chang

Disgresiones

Por: Juan de Althaus

A partir de la experiencia de las últimas Jornadas de carteles 2018 se me ocurrió tomar del chiste de Freud, cuando trabaja el Witz y su relación con el inconsciente, la condensación de “famillionario”, y escribir la tríada cartelino, cartelinto y carteltinku. Suena algo divertido, porque, en fin, el trabajo en cartel es también una diversión (entendida según la estrategia militar) del malestar en la cultura.

El cartelino como el remolino del cartel: El significante remolino se utiliza en muchos campos, e implica una idea de movimiento alrededor de un vacío central que atrae. Solo pretendo hacer uso de las referencias de la cerámica prehispánica de la civilización andino-costeña-oriental. Todos estos objetos tenían una función práctica y ritual al mismo tiempo. Desde el mundo oscuro de abajo, pero a su vez recreacional, va produciéndose desde la semilla hasta personajes que llegan, en un recorrido en espiral tridimensional, hasta un final que es el borde del asa estribo (del cual se dirá algo más adelante), entrando al mundo de arriba donde se ubican los significantes (los astros del firmamento y sus constelaciones). Los espirales oscuros y blancos hacen notar que en el recorrido el saber va respondiendo a lo ignorado. Lo inscriben es esta manera:

El remolino o el espiral estructural, el cartelino, va formando el “cuerpo” de la Escuela con cada cartel, que en el movimiento alrededor de un vacío de saber los cartelizantes van “arremolinándose” con sus contribuciones singulares hasta los productos finales a ser presentados ante otros cartelinos, haciendo existir al Otro de la Escuela.

El cartelinto como el laberinto del cartel: En casi todas las culturas de la historia humana se ha inscrito el laberinto. Llama la atención que, en particular, el laberinto circular clásico repite la estructura en todas partes, en culturas que nunca se conocieron entre sí, y que se condice con la estructura del remolino-espiral. Esta es la estructura:

El dibujar el laberinto indica que este se construye y, como se nota, se inicia con el cruce de dos líneas (¿cuerdas?) y se van uniendo con líneas una serie de puntos equidistantes en direcciones diferentes, a modo de la retroacción de la lógica significante. Es inevitable que en un lugar se produzca una discontinuidad, un vacío, al que se le puede llamar cul-de-sac o callejón sin salida, un lugar de lo imposible. No quedarse allí, si es que se decidió entrar, sino que para salir se requiere seguir el “hilo de Ariadna” del deseo de saber, tal como Jacques Alain Miller lo ha aludido algunas veces. Según el mito griego, Ariadna ayudó al héroe Teseo dándole un ovillo de hilo para que pueda encontrar el camino de salida del laberinto después de matar al Minotauro que estaba en el espacio vacío del límite de lo real. El laberinto, es una forma de dar cuenta del inconsciente.

Así, cada cartelizante posee su “hilo de Ariadna”, su deseo, para no perderse en el laberinto que el cartel va construyendo en direcciones diferentes, hasta salir a cierta luz con su producto, y volver a entrar en otro laberinto del psicoanálisis.

El carteltinku como el encuentro: Tinku es una palabra quechua que quiere decir encuentro. Hace signo reconocible en la arquitectura, los textiles y cerámicos, como algoritmo generalizado en las culturas prehispánicas. Se lo inscribe sobre todo de dos maneras, la primera así:

Son los lazos de cuerda que intentan engarzarse, los del mundo de abajo (lo real), con los del medio (imaginario) y con los de arriba (lo simbólico). La cerámica como tal es el cuarto término. No es extraño que aparezcan como espirales o pequeños laberintos circulares.

La otra forma es la siguiente:

Es lo que los arquéologos denominan “asa estribo”, pero desde un punto de vista topológico es claro mirar allá la figura del toro. Hay el reconocimiento del vacío de la no relación circundado por el toro y el interno dentro del tubo del toro. Se encuentra sobre cualquier representación de un ser vivo u objeto sagrado y sobre las cabezas de personajes diferenciados por sus rostros. Da forma circular a un goce que se llena y vacía. Los dos puntos donde el toro se infla trasformándose en una figura o una cara, indican un encuentro posible, y el tubo superior que es un corte abierto, la posibilidad de otro encuentro más allá.

Si Lacan simplificó el soporte del inconsciente al final de su enseñanza a la manera de un toro topológico, se puede decir también, en cuanto a la Escuela, que el cartel cumple con esta condición topológica. El cartel como un encuentro de singularidades para realizar una transferencia de trabajo en el campo psicoanalítico. Como corolario, se lo puede graficar así también:

Los niños de hoy y la parentalidad contemporánea

Conferencia en la Facultad de Psicología UBA

Por Éric Laurent

Buenos Aires, 18 de mayo del 2018

Entonces, con este título de hoy “Niños de Hoy, parentalidades contemporáneas”, ¿de qué entonces se trata cuando hablo de “niños de hoy”? ¿De qué “contemporáneo” se trata cuando hablamos de parentalidad? Se puede responder a esta pregunta de manera descriptiva, demográfica o bien de manera psicoanalítica.

Primero desde un punto de vista descriptivo, un estudio reciente permite captar profundas transformaciones de este campo en Francia. El caso francés es sin duda particular, no puede ser generalizado para todo el planeta, pero indica tendencias que funcionan globalmente. El punto fundamental es la articulación con las ciencias de las modalidades de hacer familia que evolucionaron gracias a las nuevas libertades abiertas por las leyes sobre paridad e igualdad de género. Los progresos de la medicina hicieron aumentar en los últimos 50 años la esperanza de vida en Francia de 11 años, para alcanzar 82 años de promedio con la diferencia que se reduce entre hombres y mujeres. Entonces, la población envejece. Los menores de 20 años son solamente un cuarto de la población. Hay menos niños y nacen más tardíamente. La edad media de las mujeres aumentó 5 años. Y el índice de fecundidad bajó un poco, aunque sea un poco más elevado que la media europea. Un tercio de las mujeres se vuelven madres después de los 30 años. Estos cambios se deben, por supuesto, a la generalización de la contracepción. Esto produce que la obsolescencia de la forma de unión conocida sobre la forma matrimonio tradicional sea más marcada. Los niños nacidos fuera del matrimonio son la mayoría, casi 60%. Lo que es nuevo es que estos niños son masivamente reconocidos por los padres, solo 4% no lo son. Es decir que, a pesar de la obsolescencia del matrimonio, la paternidad permanece como un instrumento jurídico que funciona. Hay muchos matrimonios, entre ellos muchos son matrimonios de nuevo. Y el número de divorcios se multiplicó por 4. Por el contrario, el matrimonio se concretó por otras formas de unión que incluyen a las parejas homosexuales, el pacto civil de solidaridad desde el ’99 y el equivalente de la unión civil de Argentina y el matrimonio para todos desde el 2013, que es el matrimonio igualitario en Argentina.

La articulación de la familia con la ciencia y las nuevas ficciones jurídicas desplazó las preguntas sobre los niños y sus padres. Ya no se habla más de “familia” frente a la dificultad de calificarla, sino de “parentalidad”. “Parentalidad” es un neologismo de finales del siglo XX que tiene numerosos campos de aplicación, en las leyes, en lo social, en el discurso del amo en general.

Padre, o los padres o ser padres define un estatuto legal, un estatuto simbólico. La parentalidad desborda el estatuto, está más bien del lado de lo real. Hablar de parentalidad no es fascinarse por el estatuto, sino que vuelve a poner el acento sobre la interacción del niño con sus padres en su variedad.

Para definir la contemporaneidad se podría decir que el niño de hoy nace en un mundo que ya no está estructurado por el a priori del amor del padre. Con su doble vertiente, tan particular a la construcción del rol del padre en el mundo occidental, aquel que es al mismo tiempo amado y que es él quien priva de goce. Esta particularidad fragiliza su construcción sobre todo por que el niño contemporáneo está confrontado a formas de goce adictivas que testimonia la clínica. El niño está confrontado sin mediación a lo que no cesa de repetirse tanto en la vertiente del “demasiado lleno” o el “demasiado vacío”, como en las adicciones que conciernen a todos los circuitos pulsionales: el oral, anorexia bulimia, las sustancias; el anal, retención-expulsión, agresividad; lo escópico, juegos de video y pantallas múltiples; y lo vocal, el objeto voz con las intolerancias a los mandamientos en general. Agreguemos la clínica ligada a la imposibilidad de habitar un cuerpo y de fijarlo en una imagen. Todo esto que queda agrupado en el comodín del ADDH. Consideramos también la imposibilidad de habitar un sexo conveniente en el género asignado. En fin, una serie de síntomas difíciles de considerar como neuróticos sin por ello ser poder calificados apresuradamente de “psicosis”. Estos nuevos síntomas definen una clínica que subrayan una fragilidad del padre. Ella empujó a ciertos psicoanalistas a abandonar su estatuto en el olvido de la historia y decidirse en la sociedad sin padres diversamente calificada.

No es el caso de Lacan, que transformó radicalmente el estatuto del padre freudiano abandonando la referencia edípica para situarlo, no en relación con la madre y al incesto materno, sino en relación con ‘una’ mujer como tal.

Dado el tiempo voy a dejar, ya que ustedes están en buenas manos y sus profes están ya a la altura de transmitir lo que fue la elaboración lacaniana del padre freudiano, voy a pasar al segundo tiempo; en el cual el esfuerzo de Lacan puede pensar al niño el lazo con los padres y la pasión amor-odio dirigida en su elaboración hacia el padre por fuera del padre como universal. Como lo mostró Jacques-Alain Miller: “No se trata por lo tanto de pasarse del padre sino de poner el acento sobre el padre en tanto que existencia particular”. Lacan utilizó de manera radical la disyunción operada en la lógica moderna que se separa de la lógica de Aristóteles distinguiendo la definición de un término de su existencia. Así que, por un lado, Lacan enuncia o reformula la idea freudiana según la cual el modelo de Dios es el padre, la relación de la primera identificación fundamental del amor al padre. Lacan reformula esto diciendo que la definición “Todo padre es Dios” debe estar acompañada de la condición de que en su existencia “Ningún padre sea Dios”. Las dos al mismo tiempo. Se verifica que “Todo padre es Dios” a condición de verificar la inexistencia de tal padre.

Y, por otro lado, Lacan utilizó también otra vía. Verifica también la existencia del padre en tanto que rechaza toda norma, todo estándar, todo “Para todo x”. Esta puesta en tensión de los dos niveles forma parte de la báscula radicalmente antihegeliana de Lacan el momento en que él rechaza reducir las existencias particulares a ser partes de un todo. Esta báscula antihegeliana se enuncia radicalmente en el Seminario “Introducción a los nombres del padre” en el cual dice: “Toda la dialéctica hegeliana apunta a colmar la falla entre la existencia y el todo y mostrar en una prodigiosa transmutación cómo lo universal puede llegar a particularizarse por el camino de la escansión de la Aufhebung”. Es este camino de la Aufhebung, del camino de la particularidad hacia lo universal que Lacan rechaza. Y este desajuste se prosigue cuando comienza a definir el Nombre del Padre a partir de una función. La gran ventaja de una función es, no la definir un todo, sino solo un dominio de aplicación. La función, entonces, solo es definible a partir de las realizaciones de las variables que constituyen su desarrollo. Entonces Lacan parte de los casos particulares de los padres para hablar del Padre. Ser un padre es ser uno de los modelos de la realización, uno de los valores de la función. Dice entonces: “El padre, en tanto que agente de la castración, solo puede ser el modelo de la función”. Lacan, entonces, parte del uno por uno de aquellos que se volvieron padres. Habla, con el chiste francés difícil de traducir, de “père-version” que utiliza perversiones, pero al revés, como versiones del padre. Y define el padre así: “Un padre no tiene derecho al respeto -y subrayo que Lacan empieza por respeto y no por amor- sino al amor más que si el dicho respeto, el dicho amor está perversamente orientado, es decir hace de una mujer el objeto a que causa su deseo”[2]. Hace tambalear un poco las cosas, pero felizmente es una frase que fue suficientemente para que ahora estemos más sentados en nuestras y podamos escuchar esto sin estar horrorizados. Pero la idea de utilizar perversamente orientado, es decir que hace de una mujer que causa el deseo, de lo que parecía el menos perverso posible, al revés. Era para despertar un poco al público a la función del goce como tal. Notemos el quiasma normalmente según la estructura del deseo masculino. El hombre se ata a los objetos a que causan su deseo, el fetichismo, el estilo fetichismo del amor masculino. Al revés, Lacan define el nuevo padre a través de un fetichismo particular. No se trata de un objeto como el falo materno que existe sino del objeto que una mujer produjo. El niño como objeto a de la madre en tanto que objeto real. De este objeto a, el padre debe tomar un cuidado particular que se dice “paterno”. Este cuidado lo deja este hombre que se ocupa de los objetos a de una mujer, lo deja en lugar de síntoma. Es el único punto en el cual el hombre puede volverse síntoma de una mujer si ya es madre. Mientras que, en el caso general, es mas bien una mujer que es síntoma de un hombre. El padre perverso se sitúa a nivel de la particularidad del síntoma, de la particularidad de su goce. Jacques-Alain Miller dice: “Resulta esencial que no sea Dios precisamente. Freud mostró la raíz de la función religiosa en la función del padre y Lacan, por el contrario, marca el espejismo divino que es propiamente psicotizante o mortífero cuando está soportado por el padre. La père-version paterna es precisamente que el deseo del padre esté ligado a una mujer entre todas -es decir una mujer como única”. En un mundo en el cual cada uno puede volverse padre, si cada uno puede creerse, por ser el valor de esta función excepcional, si cada uno se toma por Dios o por el guardián de los ideales o por el padre de la norma ideal, entonces se produce el efecto psicotizante. No una psicosis en todos los casos, sino más bien la idea de efecto psicotizante. El padre de la père-version no garantiza el acceso al goce “para todas las mujeres” como el Padre-Dios del modelo freudiano. Es por ello por lo que Lacan insiste en el “sin garantía”, según el cual se trata ahora de hacer de una mujer la causa de la pere-version paterna. Es a través de la performace particular, de la mostración particular que el Padre puede dar al sujeto el acceso a lo real del goce en juego. Dice: “El papá no es de ningún modo forzosamente aquel que -es el caso de decirlo- el padre real en el sentido de la animalidad. El padre es función que se refiere a lo real de lo verdadero -lo que es distinto- y no es forzosamente lo verdadero de lo real. Esto no impide que lo real del padre sea absolutamente fundamental en el análisis”. Ahora no les pido forzosamente distinguir lo verdadero de lo real y lo real de lo verdadero, etc., pero por lo menos solamente esto, que es a través -no de una definición universal sino de una performance particular, una mostración particular que el padre en acto da acceso a lo real del goce en juego. Y no a partir de una definición verdadera, universal del padre. Al distinguir el padre real en el sentido de la animalidad, es decir el padre biológico, es siempre el padre en el sacrificio de Abraham es siempre el cordero que pasa por ahí. Lacan lo había ubicado como el padre en el sentido de la animalidad, de la biología. Y hay que separarlo entonces del padre que toca a lo real, es decir al goce. Y esto nos da una indicación valiosa sobre el lugar del padre en las familias recompuestas. La oposición entre lo verdadero y lo real resuena aquí de una manera particular.

¿Cómo alcanzar lo real del goce? Al reverso de la vía ideal o verdadera, Lacan da una idea de realizar el tipo de la función de manera divertida. Dice: “Épater su familia”. Hemos discutido con Silvia, y Silvia Tendlarz con sus colegas para saber cómo traducir esto constatando que no se puede. Lo que en francés se utiliza es el “é” privativo y “pater” de padre. Lacan utiliza al mismo tiempo la significación que es “impresionar”, “vislumbrar” y el significante como tal que incluye un privativo de la función de paterÉpater es a la vez producir una especie de admiración, pero pasando al revés del ideal de pater familias. Es una operación en la que se trata de obtener un efecto particular que consiste en mantenerse a distancia de la creencia según la cual un padre puede ser para todos.

La mejor manera de traducir esto es la función del carisma. Es como en un líder hay la función, el estatuto como tal y es imprescindible en una democracia o en un régimen autoritario que el líder tenga el carisma. Uno por uno. Esto no es universal. No se puede definir. Por ejemplo, si me permiten, se puede constatar que Chávez tenía un carisma que no tiene Maduro. Entonces esas cosas se van al carajo. Y esto no es una función universal. Es uno por uno. No se puede definir por un comité, no se puede decidir. Hay o no hay. El carisma puede ser para lo bueno o puede ser para lo peor. Por ejemplo, el tipo en Chile, el obispo que da tantos problemas al papa Francisco, era un obispo carismático. Tenía un carisma excepcional. No es necesariamente una virtud tener carisma. Pero es otra cosa que lo universal.

Y entonces, Lacan define la función del padre a partir de esto: “El padre es el que tiene o no tiene un carisma para la familia”. Y Lacan es prudente, dice: “En cualquier plano, el padre es el que debe impactar –épater– la familia”. Si el padre ya no impacta a la familia, naturalmente se encontrará algo mejor. No es obligatorio que sea el padre carnal -dice Lacan-, siempre habrá uno impactará a la familia. Habrá otros que la impacten”.

Entonces, tenemos aquí una desconexión suplementaria entre el padre carnal y el que podrá hacer el tipo de padre. Esta indicación del acento sobre el carisma está en el reverso de hacer de legislador. Tampoco es querer hacer el hombre, es algo diferente.  Lacan lo indica con antelación un poco, que del lado de las mujeres se sitúa la denuncia de las antiguas formas de machismo y el llamado a nuevas formas de masculinidad deseantes de la buena manera. Cito a Lacan: “Si el hombre es todo lo que ustedes quieran del estilo virtuoso, listo para tirar, tirar cuando quieras -son declinaciones burlonas de lo viril-, lo viril, si es de un lado, es del lado de la mujer, es la única que cree en esto. Ella es incluso lo que la caracteriza”. Fue una de las orientaciones fundamentales de definir en los últimos años de su enseñanza, dice “Es del lado de la mujer”, antes decía “Es del lado de la histeria”. Pero es esta misma indicación, que es del mismo punto de vista de la identificación viril de la histeria que se sostiene un ideal renovado de masculinidad. Esto también puede aproximarse a lo que Lacan declaró en su Seminario XIX: “El Uno hacia el ser como la histérica hacia el hombre. Esto es lo que alimenta cierta infatuación creativista”.

Hay que distinguir entonces, entre el padre por un lado que responde la nombre, al Nombre del Padre, que está del lado de lo simbólico y, por otra parte, el que señala la relación del padre con lo real. Esta oposición recorta la distinción entre la familia como real y el Nombre del Padre como simbólico. Es esto lo que Lacan ponía en juego en su “Nota sobre el niño”, la oposición de la familia como residuo real y Nombre del Padre.

Tenía un final sobre las diferencias en las conferencias del ’75 sobre la relación del Padre y del medio Dios, etc., etc., pero dado el tiempo, más bien voy a terminar con el programa de trabajo que les voy a proponer. A veces se dice que es difícil dar forma a problemas precisos en el psicoanálisis, que es difícil encontrar a veces los problemas cruciales para el psicoanálisis, como lo dice Lacan en un título de su Seminario. Es la razón por la cual quisiera proponer un programa de investigación. Se trata de buscar caso por caso en las parentalidades de hoy y con los problemas clínicos con los que las familias se confrontan qué es lo que actúa suficientemente como excepción del lado mujer y del lado hombre para definir un carisma necesario que sorprenda a la familia. Propongo entonces, como investigación, buscar en estas dos vertientes, femenina y masculino, cómo se encuentra lo que hace de padre en la configuración de los goces de hoy.

Gracias.


[1] Transcripción de la Conferencia en la UBA extraída de Internet: https://www.youtube.com/watch?v=j-Y89V6ofHo. Último acceso: 2018-05-18.

[2] J. Lacan. El Seminario, libro XXII, R.S.I.. París: Éditions de l’Association Lacanienne Internationale, p. 63.

Tomado de: https://psicoanalisislacaniano.com/los-ninos-de-hoy-y-la-parentalidad-contemporanea/

La ética será la de elmalentendido o no será

Un ensayo a partir de la muestra artística colectiva “El malentendido” en la DPM

 Por Jessica Jara B.

La tarde del jueves 15 de marzo inició la materia “Ética y política entre dos discursos”, a cargo del psicoanalista Guillermo Belaga[i]. A las 19h30 del mismo jueves, se inauguró en la Galería DPM la muestra artística “El malentendido”, la que lleva el nombre de la instalación de una de las artistas expositoras. Ante esta contingencia me interesa dar cuenta de ciertas extimidades (est)éticas y políticas entre la práctica/experiencia psicoanalítica y artística, considerando además que esa noche asistimos a la conferencia pública “Belleza Convulsiva. Un comentario sobre la presencia del retrato imaginario de Sade”, de Belaga; con quien fuimos el viernes a la noche a la galería a ver la exposición, pero estaba cerrada.

Las latas que no sirven a la comunicación y el malentendido como arraigo

Cuando logramos asistir fue notable que no se trataba de la muestra del trabajo artístico de un grupo, sino que era una muestra colectiva de productos singulares o en serie de Ana Cristina Vásquez, Pablo Andino, Saskya Fun Sang, Antonio López, Fernanda Murray, Josué Lino y Daya Ortiz. Los cinco primeros graduados en artes en Chicago, los dos últimos tienen a Guayaquil como su base de operaciones. Lo interesante es que cada uno de ellos con sus ensayos artísticos y ejercicios artesanales consintieron a “El malentendido”: significante que amarra tanto como enreda, cifra, alude, se inflama y del que se escapa un goce muy particular.

Los trabajos eran disímiles. Algunos soportes eran endebles como el cartón, pero también eran lienzo, video, instalación parlante… Objetos intervenidos, abisagrados, aprofanados, reutilizados para volverlos inútiles. De distintas consistencias: enmarcados, fijados con pernos o desparramados por el suelo. Mudos o ruidosos, algunos nos veían como aquella lata de sardinas miraba desde el mar a un joven Lacan navegando en una peregrina barcaza de pescadores, como quien mira una mancha en el cuadro. Estas latas no pretendían conectarse entre ellas mediante un alambre en beneficio de la buena comunicación, no dialogaban por una relación armónica, sino que querían servir al malentendido que soporta al ser hablante.

Eran seis más uno, Daya Ortiz. Daya no será una curadora que done una teoría prêt-à-porter para dar sentido a un trabajo artístico disperso; pero sí quien aporte, en efecto, un rasgo que permita el anudamiento de aquello dispar: las elaboraciones y respuestas de cada quién, a partir de sus propias preguntas que constan como títulos de sus obras, desde: ¿acabaré viviendo como vivo… si no vivo cómo pienso? hasta la “Descarga repentina de la tensión sexual acumulada”. El malentendido resultaría aquí un punto de arraigo en el tejido: un lugar al cual fiarse en la época del solitario, deprimido-activista, y desengañado parlêtre.

Notas de un tiempo de ver

Fue un recorrido con detenimientos y sorpresas. El responsable de la galería felizmente no intentó mediar entre nosotros y la obra. Ingresamos tres, tal y como entraron al ruedo los prisioneros de la historieta de Lacan en busca de un aserto[ii]. Uno ya había visto la muestra pero no le molestaba repetir; la otra era una mujer jovencísima que se hacía preguntas en voz alta. Nos recibió una vasija, siempre femenina, la que en un movimiento dejó de ser tal para convertirse en un cráneo disparado, con fisuras, con los agujeros -que le habrían posibilitado su sostén en vida- desdibujados. Rápidamente nos dispersamos, interesados en distintas obras que resonaran en nuestro más íntimo. A ratos nos reencontrábamos, un poco extrañados.

La muestra en algunos casos recogía varios trabajos de un mismo artista, los cuales la museografía se había ocupado bien de mezclarlos un poco. Entrado un tiempo era posible ir reconociendo trazos, tratamientos y modos de hacer con el objeto y el vacío: un cierto estilo de re-cubrir, de mostrar, de invadirnos, de recordarnos que el arte es y no es sin el Otro. El instante de la mirada y el bullicio al que nos acercábamos inexorablemente, resultaba en ocasiones turbado por ruidos, por golpes secos, de los que poco a poco iríamos tomando nota.

Para un momento de comprender que no sea del entendi-miento

¿A qué apelar cuando los artistas no están en la galería para dar explicaciones de lo que allí se muestra/ se enseña? ¿De qué fiarse ante la falta del Otro en presencia?

Ante esta complicación recuerdo que Lacan antes de su viaje a Venezuela se refirió a los lacanoamericanos, quienes no lo habrían escuchado in situ, a viva voz, hasta el año 80, -según su propia declaración[iii]– para precisar que aquello le pareció una ayuda. Él enfatizó, estando aún en Paris que, al ser transmitido por escrito, su persona no hacía de pantalla a lo que enseñaba. Quizás podamos aplicarlo a la transmisión del artista, en tanto que los artistas se encuentran, en general, ante el dilema de ser exigidos a hablar, en persona, de su obra.

Así, ¿será que podemos decir que al final de la experiencia artística el artista queda agotado por la entrega que acaba de hacer: trazos, gestos y objetos, firmados o no, filmados o no; restos desprendidos del artista, ahora escabelizados? ¿Se encuentra desde ya azorado por su próxima producción? ¿O es que se queda con ganas de hablar de su acto artístico del que no puede dar cuenta nunca del todo, y en el que cobra un valor incalculable la contingencia?

En este caso particular, algunas cuestiones serán o no serán: ¿de qué servirnos para orientarnos en el malentendido? ¿Cómo malentender mejor considerando que somos, nosotros mismos, unos malentendidos?[iv], ¿si el cuerpo no hace aparición en lo real sino como malentendido? Si somos, como dice Lacan: unos traumatizados del malentendido.

Lo imaginario: El embrollo de los cuerpos está en los trabajos de Josué Lino, José Lino, JL. Se trata de cuerpos que no han consentido al lazo social, entonces nadie cede y lo que hay es un agresivo pegoteo imaginario. Se muestra la confrontación del amigo-enemigo a propósito del horrendo vecino. En su universo el Otro malo impera, la cochina abyección no está localizada y los cerdos proliferan. Se ausenta la posibilidad real de malentender siquiera. Que el espacio no sea lugar ocasiona invasión de goce, cuerpos fragmentados y devorándose en un puro presente sin ley. Unos títulos que logré captar con mi precario celular son: “My dental work”, “Hope rises”, “Bebé de carne sin hueso”. Otros, simplemente, se difuminaron.

Lo simbólico: Un video nos llamaba a la lectura de una noticia periodística. Sus caracteres maximizados no permitían la lectura completa de una sola mirada. El efecto buscado era ir develando poco a poco, no la noticia, sino el hecho de que la noticia estaba agujereada. Esto de manera literal. La superficie del texto tenía recortes rectos y definidos, lo que implicaba en sí la extracción de significantes precisos. Sabemos que se trataba de una inundación, del desborde de un río que hace despertar más temprano de lo acostumbrado a los habitantes de Los Ríos. ¿“A las 04h00” buscaba fijar mediante la escritura de una hora el exceso de goce o, recortar un goce en más, desbordado, permitiendo la fuga del sentido por una abertura?

Los recortes provocados en el texto, toman toda la relevancia al dar cuenta de cómo cuando la malla simbólica es agujerada se presentifica el superyó. Así, al ingresar por ese agujero no negro sino más bien luminoso, está el cuerpo, pero un cuerpo también amplificado al punto de tornarse irreconocible; no como el  cuerpo del que creemos ser amos, sino del de las imágenes de su funcionamiento que fascinan y se proponen como remedio universal a la angustia contemporánea[v]. La obra hace eco en el punto en que las voces de sirenas invitan al hablanteser a identificarse con su organismo, buscando desterrar el malentendido en aras de una medicación liberada del equívoco. Y es que, al reducir lo incomunicable a la imagen se invoca al real de la ciencia, se llama a un despertar para volver a hacer dormir… o peor.

Lo real de una conclusión malentendida. O, ¡a cogerle el gusto al malentendido!

Aunque los artistas no quieren hablar es un hecho que consienten a ser malentendidos por los medios y no deben ser criticados por aquello. Es así que sabemos de la pregunta que encausó la investigación de Daya Ortiz: “¿Cuáles son sus conflictos cuando hablan con alguien con quien no se comparte el idioma materno?”[vi], cuestión que la llevó a charlar, uno a uno, con una pequeña multitud y al final, montar un auténtico rebulú; ya que de entrada su obra muestra que el malentendido nos hace hablar y mucho, cada uno gozando allí su oportunidad.

La instalación se compone de pequeños parlantes soportados en las paredes que replican las distintas respuestas ofrecidas en diferentes idiomas, al mismo tiempo. Una mujer respondía también desde el llamado “lenguaje de señas”, por lo cual había una pantalla. En el camino descubrí que el golpe seco se trataba de la caída de algunos de esos parlantitos; y me parece que esta puesta en cuestión del mensaje no era algo previsto, como tampoco lo siniestro de esos objetos en el piso reproduciendo, inalterados, su repertorio circular. Además estaba lo imposible de entender/escuchar algo en medio del ruido infernal de la multitud parlante.

Este trabajo indaga una de las fuentes del malestar en la cultura que es el otro, el extranjero, quien no me entendería porque no habla como yo. Si no nos distanciamos, si no lo forcluímos, si nos quedamos lo suficiente podremos notar que más allá de las identificaciones, la singularidad del parlêtre nos remite a la existencia de un punto de extranjeridad en cada uno; tanto como existe un punto vivo en el lenguaje que nos anima a hablar y que es lalengua. Me arriesgaría a decir que elmalentendido es esa propia-extranjeridad con la que se toma contacto en la experiencia psicoanalítica, y que insiste en la práctica artística. Cuando parece que no entendemos nada porque no hablamos la misma lengua, no es eso. El amor y el arte suelen venir a saltear esa misma brecha, el muro que hay entre dos. Hoy todo el mundo sabe que no hay relación, lo que no evita que haya malentendido consumado y nuevos malentendiditos.

Mis dos acompañantes me esperaron para salir juntos, pero cada uno llegó a su propia conclusión. Entiendo que les gustó la muestra. Mi conclusión se soporta en la exclamación de Breton “La belleza será convulsiva o no será”, recordada por mi colega Guillermo Belaga en su conferencia. Para nuestros fines la reformulo del siguiente modo: La ética lacaniana será la del malentendido o no será. La ética en tanto praxis de la teoría apuesta por cogerle el gusto al malentendido, considerando que respondemos a una ética de las consecuencias y no a la intención de comunicar. Antes de salir de la galería eché un último vistazo… desde la puerta vi unas obras de las que no alcancé a dar cuenta en este escrito. No me malentiendan, no-todo es posible. Lo digo aun contradiciendo el slogan de la moralidad que comanda hoy.

Guayaquil, 29 de marzo del 2018.

 

Texto originalmente publicado en:

http://laconversacion.net/2018/04/la-etica-sera-la-de-elmalentendido-o-no-sera/

 

[i] Última materia de esta maestría de la UCSG “Psicoanálisis y Educación, con mención en inclusión”. Primera promoción.

[ii] Referencia a “El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada, un nuevo sofisma”, de Jacques Lacan.

[iii] Lacan, J. El malentendido”, 1980.

[iv] Ver Lacan “El malentendido” http://www.psicoanalisisinedito.com/2015/06/jacques-lacan-el-malentendido-10061980.html

[v] Punto abordado por Eric Laurent en “El reverso de la biopolítica. Una escritura para el goce”. Grama, 2016.

[vi] https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/cultura/1/el-malentendido-agrupa-el-pulso-de-una-generacion.

Los bemoles del acoso escolar

Por: Juan De Althaus

Texto e imágenes reproducidas de La Conversación con autorización del autor.

Permitir el acoso escolar, incluido el acoso sexual, es abandonar la función paterna, el saber decir “no” a los excesos. Es no haber salido de una posición infantil donde predomina el exceso de satisfacción pulsional. La tarea de los educadores es enseñar al infante a que deje de ser niño.

 

Desde el punto de vista del psicoanálisis lacaniano, el acoso escolar es un síntoma educativo que siempre existió, pero hoy en día resulta bastante generalizado y tiene múltiples aristas. Implica formas de agresión y violencia entre estudiantes, pero también entre docentes y escolares, entre los propios docentes, entre docentes y padres, sin quedar afuera las autoridades educativas. También adquiere formas institucionales, como el clientelismo político, la negligencia burocrática y los excesos de control mediante evaluaciones, reglamentos y protocolos.

La agresión y violencia en el ámbito educativo siempre han estado vinculadas a la manera cómo se las representa o subjetiva en la cultura de una época. En las culturas étnicas no dejaba de haber violencia en los rituales sagrados de iniciación del púber a ser un sujeto responsable en la etnia. Se realizaba siempre bajo determinados reglas y con una significación mítica.

En la época actual hipermoderna, los significados de la violencia se han perdido, particularmente desde la aniquilación nazi sin sentido de los campos de concentración, de tal manera que hoy se generaliza la violencia por la violencia, el acoso por el acoso. No se tolera la presencia del cuerpo del otro y de su modo de goce (satisfacción) en la vida. Como consecuencia, habría que considerarlo como un síntoma social a interpretar.

¿De qué manera ha incidido la tecnociencia? definitivamente, esta ha aumentado exponencialmente en la comunicación, pero a costa de inhibir los lazos sociales y desresponsabilizar al sujeto ante lo que dice y hace. La función del ideal en la educación ha quedado devaluada. Si todo está en Internet con un clic, no se cree mucho en el propósito civilizador de la educación y, más aún, la transmisión de la cultura está en entredicho, ella misma está haciendo agua. Sería bueno debatir si los paradigmas educativos podrían cambiar hacia un saber hacer con esta realidad.

La tecnociencia es aliada inseparable del discurso capitalista, el que se establece como el verdadero mandante: “vender todo lo que se pueda vender lo más rápido posible”. Uno de los productos de consumo es el binario siniestro diversión-violencia. Lo atestigua la película Elephant de Gus van Sant, que recrea al par de amigos, autores de la masacre cometida en el conocido caso del colegio Columbine, declarando que era el día más divertido de su vida.

Los medios de comunicación entran en el juego de este círculo vicioso por la manera cómo abordan el tema. ¿Se realizan debates editoriales o conversatorios de la opinión ilustrada sobre el acoso escolar en los medios?
Los casos de violencia, violación, abuso y adicción en el campo educativo son subidos en “tiempo real” a las redes sociales donde se compite en quién sube más rápido un acontecimiento más terrible que el otro. Es toda una trama de espectáculo de terror para la perversión de la mirada.

El Estado y las autoridades educativas se apresuran a responder con la doctrina de la seguridad ante estos fenómenos: más vigilancia de tipo policial y judicialización. Habría que ser cuidadoso con este tipo de respuestas, en tanto que al sujeto acosado se lo victimiza y el acosador es determinado como agresor-delincuente y allí se cierra el circuito. Entonces, la investigación apunta a si la “víctima” dice o no la verdad, entendida como objetiva, sin considerar la verdad subjetiva: no se escucha lo que quiere decir libremente la “víctima”, y menos el agresor.

Es importante que el sujeto involucrado hable ante un interlocutor válido y que se distancie de sus prejuicios. Permitir que la palabra bordee lo traumático de la agresión en el agredido y la pulsión de muerte del agresor, de tal manera de poner cierto límite al goce de la violencia o de la posición de víctima. ¿Qué es lo que cada uno tiene que ver en el acontecimiento de acoso? y responsabilizarse de sus actos y su decir. ? En esta vía, no hay nadie inimputable.

En los últimos tiempos ha incidido otro agravante en hechos de violencia: Hay un uso político de una supuesta ciencia, con todo tipo de evaluaciones estadísticas y reglamentos cambiantes que buscan controlar hasta el último detalle en la educación, asfixiando a los docentes y desviándolos de su labor de enseñanza. Es más, se fuerza a una estandarización en todos los campos de la educación, lo que supone considerar a los sujetos involucrados como máquinas algorítmicas al servicio del Estado o de las corporaciones. Tal perspectiva fomenta el individualismo de masas de las peores formas. Si la familia está en crisis, y el padre ya no cumple su función de regulador de los goces, a su delegado, el maestro, se le devalúa la responsabilidad de su rol y no se le facilita el trabajo.

En la práctica, los referentes de valores universales se deterioran y el joven busca rasgos identificatorios nuevos, conformando grupos que se excluyen entre sí. Si no lo hacen, los jóvenes serán identificados como “raros”, a lo que se suma el temor de no ser incorporados a ninguno. La homogenización fuerza a los educadores a etiquetarlos como “deficitarios”, lo cual empeora el vínculo educativo. Paralelamente, la masculinidad y virilidad de los jóvenes varones se debilita y la agresividad se enciende en las mujeres púberes.

El acosado u objeto del bullying es normalmente un nerd, ante el cual los acosadores manifiestan su envidia y ‘odioenamoramiento’, porque no soportan la extrañeza de su propio goce y lo atribuyen al otro, al cual no pueden soltar, porque tendrían que encarar su propio malestar. Algún defecto corporal o discapacidad también suele ser objeto de acoso, marcando un rasgo perverso. Son pequeñas diferencias en el orden imaginario que producen un estallido, ya que los jóvenes, y algunos docentes, no poseen el armado simbólico suficiente para soportar las diferencias.

El acosado sufre de angustia, desasosiego y termina perdiendo el interés de aprender, o responde con alguna venganza, siempre en el terreno imaginario, sin que lo simbólico opere con eficacia, lo cual puede llevar al extremo del suicidio. Tenemos así al acosador, el acosado, y el espectador, que pretende defenderse mediante la indiferencia.

La generalización de la decadencia moral en el campo del poder político y, que amenaza el Estado de derecho democrático, incide considerablemente en el campo educativo, produciendo condiciones para el desengaño, la errancia y la desubicación. Es un terreno muy adecuado para que el superyó (aquella ley absoluta inscrita en el inconsciente) ordene gozar sin límites.

La condición humana de la agresividad, proveniente del estadio del espejo en los primeros meses de vida, momento en que el infante responde agresivamente ante su fragmentación corporal e identifica su yo con la imagen de otro en el espejo, que supuestamente ocupa su lugar (“El yo es otro”) se afinca y ante la caída de la regulación paterna y sus sustitutos en el sistema educativo, el sujeto coloca en el altar su narcisismo y su paranoia ante los otros. El Ideal del yo debilitado filtra poco las pulsiones, por lo cual es encarnado por el caudillo del grupo (líder), que a su vez goza del sometimiento de sus seguidores (masa), no para establecer un lazo social, sino para degradarlo.

Si la agresividad está al nivel de lo imaginario, de la imagen del propio cuerpo, la violencia, el pasaje al acto de la agresión, está del lado de lo simbólico, en tanto que no opera para limitar la pulsión de muerte y se produce sin sentido alguno. Por lo demás, lo simbólico, el lenguaje, tiene su dimensión violenta, en tanto que al afectar el cuerpo mortifica (una palabra es la muerte de la cosa, porque la simboliza agujeréandola) aunque paradójicamente, permite la vinculación con los otros. Y esto, en el ámbito escolar, se da en muchos casos en el “todos contra todos”.

En la misma dirección, la función de autoridad se licúa. Hoy no se puede pensar la autoridad como proveniente de la tradición, el poder o la sanción. En la antigua Roma, el término Autocritas hacía referencia a la opinión de los senadores, mientras el poder lo tenía el pueblo. El Autocritas no ordenaba, más bien aconsejaba, proponía o rectificaba, mediante una argumentación válida y verosímil. En ese sentido, la autoridad bien entendida implica lograr un vínculo social en el tiempo mediante el apalabramiento racional, no por el ejercicio del poder, la coerción, ni la violencia.

La autoridad tiene que ser reconocida como tal. Lo cual implica un ejercicio legal y legítimo, de una transmisión del saber hacer en el mundo, de colocarse en una posición de un ser en falta, no completo ni absoluto, alguien que no lo puede todo y que sabe hacer con esas limitaciones. Actualmente es muy difícil que la autoridad no se ejerza sin pluralidad y en forma democrática, de lo contrario se cae fácilmente en el autoritarismo con nefastas consecuencias. Cuando el docente y el funcionario educativo no escuchan ni dialogan entre ellos y con los alumnos, se deslizan a la imposición ciega que trastoca el vínculo educativo.

Permitir el acoso escolar, incluido el acoso sexual, es abandonar la función paterna, el saber decir “no” a los excesos. Es no haber salido de una posición infantil donde predomina el exceso de satisfacción pulsional. La tarea de los educadores es enseñar al infante a que deje de ser niño.

El sujeto que encarne la autoridad debe ofrecerse como alguien que cause el deseo de saber del educando, que permita pasar hacia una transferencia de trabajo en conjunto.

La autoridad del docente conviene que apunte a que el estudiante invente de manera particular una modalidad para domesticar su goce, su satisfacción inmediata desmedida, que es la mejor manera de transmitir cómo hacer para manejarse con el saber cambiante y líquido de la cultura, y con aquello que dura en el tiempo. Esto se opone a la estandarización en la educación.

El síntoma permite que el sujeto anude su goce a una estructura con lo cual puede construir un lugar en el mundo actual. Jacques Lacan proponía la salida de una “fraternidad discreta” para la convivencia soportable. La conversación frecuente entre pares, entre los docentes, sobre sus experiencias pedagógicas, es un recurso interesante a considerar. A partir de los casos particulares se puede formalizar los impases que se producen en el acto educativo. Esto implica centrarse en la singularidad del estudiante y del docente, y desde allí dar lugar a la invención. Saber escuchar es fundamental en este vínculo educativo y rediscutir colectivamente la ética del maestro en nuestros días.

Más allá, el psicoanálisis permite hablar al sujeto individual, acogiendo su síntoma único, de tal manera que el analista provoca que busque atrapar lo más íntimo y singular que posee mediante la invención, y de allí poder disfrutar de un vínculo bien dicho con otras singularidades, produciéndose efectos sociales de la buena manera.

Bibliografía:
• Gallo, Héctor (1999). Usos y abusos del maltrato. Una perspectiva psicoanalítica. Editorial Universitaria de Antioquia. Medellín, Colombia.
• Nueva Escuela Lacaniana de Medellín (2013). Conductas de riesgo en el ámbito escolar. Medellín, Colombia.
• Goldenberg, Mario (2011). Violencia en las escuelas. Grama Ediciones. Buenos Aires, Argentina.